La aparición del libro “Huellas del Siglo XX” de los historiadores Edmundo Gavassa Villamizar y Gustavo Galvis Arenas, ha puesto a este maltrecho viejo a querer iniciar, de una vez por todas, un proyecto que hace mucho tiempo tengo represado, el de “Las memorias de Don Clímaco y su perra existencia”.
Nacido por allá hacia inicios de 1.900, a este desheredado mortal le ha tocado vivir con la pesada carga de una larga existencia, condición que no le deseo a ninguno de mis congéneres, porque llevar a cuestas las chocheras de la vejez no es propiamente una cosa de envidiar...
Pero me ha toca vivir estos pesados años en medio de las cuatro rústicas paredes de mi covacha y, si de algo sirven tantos almanaques juntos, es para guardar en la memoria mil y mil recuerdos de los tiempos idos, remembranzas que no propiamente coinciden con algunas versiones un poco retocadas de la historia reciente del viejo Santander.
Y si se me pregunta del por qué de aquello de “su perra existencia” diría, sin temores, que por el haber vivido mis épocas juveniles con una despreocupación digna de mejor causa, lo que me llevó a terminar, no se si para bien o para mal, terriblemente solo, rumiando recuerdos y escribiendo unas cuantas líneas para los pocos amigos que todavía se acuerdan de la capacitada de zurcir trazos de este maltrecho anciano.
Pero además, siempre he creído que la mejor manera de escribir crónica y, sobre todo, si es la historia de un pueblo o una época lejana, es con esa manera despreocupada del vagabundo, que no tiene preconceptos frente a los hechos y las personas que ve pasar por delante suyo.
Alguna vez, si mal no recuerdo, era García Márquez quien decía que si algo le hacia falta a este país, era escribir su verdadera historia, porque la que hasta ahora nos han entregado, la historia “oficial” de Colombia, estaba plagada de lugares comunes y preconceptos que la hacían más un hermoso cuento de nuestro pasado y no, precisamente, una auténtica, veraz y creíble reconstrucción de lo que fue el tiempo ido de nuestros hombres e instituciones...
¿Se podría decir lo mismo de la historia de Santander? ¡Que me perdonen de tal irreverencia mis muy viejos y queridos amigos de la Academia de Historia de Santander, entre quienes se encuentran, sin duda, unas muy buenas plumas de nuestro entorno!
Pero a veces si creo que tengo la obligación de escribir sin almidón los recuerdos que aún conservo de lo que ha sido una vida que comenzó por allá en el clásico 1.900, cuando despertados apenar de una guerra estúpida, - como todas las guerras- la de los mil días, seguimos enredando la vida pastoril de nuestra ciudad y departamento con ese temperamento agresivo y petulante del santandereano rudo, que no siempre pudo entender - ¡y a lo mejor no lo ha sabido todavía!-, lo que significa la cooperación, el desprendimiento y la generosidad para asociarnos en procura del bienestar colectivo.
Pero bueno, mientras me decido a escribir mis memorias, disfrutemos el libro de Edmundo Gavassa y Gustavo Galvis Arenas, que es definitivamente espectacular para quienes no queremos perder memoria del pasado...